Genio y Figura o...

Hace algún tiempo conversaba con un muy buen amigo mío, un psicólogo veterano de guerra de los Estados Unidos, de ascendencia mexicana. Cómo era costumbre, me contaba de sus aventuras en el país vecino, las cuales inevitablemente tenían un final sorprendente, a lo que mi amigo solía acotar: “puedes sacar al muchacho de México, pero no puedes sacar a México del muchacho”.

Llevo casi veinte años dedicado a las tecnologías de información. A lo largo de este tiempo, he enfocado mis energías a diversas y siempre cambiantes especialidades dentro de esta área. En mis inicios, también un extraño en tierra extranjera, me dediqué a ese oscuro mundo que es la complejidad computacional, analizando sistemas que detectaban fallas en circuitos y algoritmos de inteligencia artificial para navegación de robots en ambientes cerrados. Siempre ingeniero de software, al regresar a mi país me interesé en metodologías de desarrollo de software, en particular en metodologías que las pequeñas empresas pudiesen adoptar para ser más competitivas.

Y de algún modo, mi investigación y trabajo fueron derivando hacia la utilización de las Tecnologías de Información en las empresas, hacia las limitantes de la industria mexicana para adoptarlas y hacia el estudio de las razones por las que una empresa debería apoyar sus procesos en TI. Según unos colegas míos (que también son colaboradores de esta revista), había “vuelto del lado oscuro de la fuerza”.

Pero parafraseando a mi amigo, puedes sacar al muchacho de la programación, pero no puedes sacar a la programación del muchacho. Soy ingeniero en sistemas, y los lenguajes de programación y la algoritmia siempre me han atraído. Con mis alumnos, discuto los elementos que hacen comercialmente exitoso un portal de negocios electrónicos, pero pasamos también horas comprendiendo los mecanismos que hacen realidad dicho portal. El software sigue siendo una parte central de mi vida académica. Dedico mucha parte de mi tiempo de investigación a la inteligencia de negocios, siempre en contacto con mis colegas de administración de tecnologías de información para dimensionar herramientas de inteligencia de negocios a las necesidades empresariales, pero también devoro con pasión los artículos sobre los algoritmos de minería de datos que son el corazón de muchas aplicaciones de administración del conocimiento.

Empezamos un nuevo año, lo que se ha aprovechado en esta revista para hacer un alto y reconocer a los mejores entre los mejores. Y recuerdo la razón original por la que soy parte de esta revista. Mientras preparo un escrito sobre la importancia de los nichos tecnológicos en el desarrollo de la competitividad industrial, despliego en mi escritorio los manuales de las últimas versiones de algunas herramientas de desarrollo para web. Y es que, después de estos veinte años, sigo siendo un desarrollador. El lado oscuro aún vive en mí.

Le dedico esta columna a todos los desarrolladores de corazón, que a lo largo de los años mantienen esa pasión por hacer software. Les deseo lo mejor para este 2008.